Trump es lo que ocurre cuando Steve Bannon lee a Evola. Steve Bannon lee a Evola y solo retiene la estética —el gesto, la postura—, pero omite lo esencial: la nación es precisamente lo que destruyó el imperio.
La nación es el particularismo burgués, la identidad contable, el territorio contra el principio. Steve Bannon cree estar haciendo renacer un orden sagrado, pero no hace más que conectar un software metapolítico a un viejo nacionalismo de mercado. Trump, por su parte, es el síntoma bannoniano.
La nación es la enemiga del imperio. El imperio es principio universal, verticalidad, orden trascendente. La nación es horizontal, contable, burguesa —sustituye la cualidad por la cantidad. Steve Bannon quiere la estética imperial (el gesto, el símbolo, la guerra cultural) pero conectada a un software burgués nacionalista.
Trump es el síntoma perfecto. Encarna la postura sin el principio. Steve Bannon fabrica un producto: la metapolítica evoliana vendida a un electorado que, en tiempos de Evola, habría sido despreciado —la pequeña burguesía nacional, la clase media estadounidense de provincias.
Steve Bannon quiere el imperio sin pagar su precio —es decir, sin la nación.
Petrificado por la grandeza, prefiere su ficción. La nación es el caballo de Troya de la modernidad dentro del orden tradicional.
Esto es lo que Steve Bannon y, tras él, toda la derecha identitaria tecno-populista han elegido no escuchar. Evola, en cambio, despreciaba la nación precisamente por eso: el nacionalismo es una degradación burguesa de la idea imperial.
El Imperio romano, el Sacro Imperio, no son “naciones engrandecidas” —son principios que trascienden los particularismos. Steve Bannon quiere el poder de lo universal sin renunciar a su comodidad burguesa: el arco del triunfo con sus acciones en bolsa.
Quiere el gesto imperial (la cruz, la espada, el símbolo), pero apoyado en el electorado nacional. El resultado es Trump: el emperador grotesco, vestido con un traje demasiado grande y sin el Principio.
Es el ícono vacío —el receptáculo perfecto de una estética sin sustancia. Steve Bannon y todo su entorno, petrificados —paralizados por el horror ante la grandeza auténtica, prefieren la novela de la Grandeza.
Y funciona: al votante medio le basta la estética de la grandeza. Quiere sentirse romano sin levantarse del sofá.
La metapolítica evoliana se convierte así en un producto de consumo burgués para el provinciano estadounidense. Es la victoria del burgués sobre el principio: la revuelta como Coca-Cola, como bien de consumo: y así nace el movimiento MAGA.