La crisis de nuestro tiempo no es económica ni política, sino antropológica. El carácter dominante es el “hombre-masa” – un tipo psicológico presente en todas las clases sociales. Es el hombre mediocre que no siente la necesidad de exigirse excelencia, viendo su existencia cómoda como un derecho natural y autosuficiente.
Él es una ruptura histórica. Las generaciones pasadas heredaron la cultura mediante la lucha. El hombre-masa moderno hereda la riqueza, la tecnología y la civilización como una herencia ya hecha, como encontrar una casa amueblada. No siente gratitud ni responsabilidad por su mantenimiento.
Su psicología se define por dos defectos: Cerrazón Hermética y Narcisismo Espontáneo. • Cerrazón Hermética: Su alma está sellada. Desestima la crítica externa, las verdades superiores y la historia. Es inmune a la razón. • Narcisismo Espontáneo: Cree que la vida es intrínsecamente fácil, abundante y carente de tragedia. Sus deseos equivalen a derechos.
Confunde la civilización con la naturaleza. Ve el progreso tecnológico (bienes mejores/más baratos) y el orden social como procesos automáticos, como la salida del sol. No comprende que la civilización es un jardín delicado y artificial que requiere cultivo constante por parte de mentes disciplinadas. Es un parásito de un pasado que no comprende.
La “americanización” de Europa no es mimetismo sino evolución paralela. Significa el triunfo de la soberanía de la masa – el ascenso social de los gustos y sensibilidades del hombre mediocre. Lo que una vez fue lujo para las élites (viajes, cultura, derechos) ahora está democratizado, diluyendo a menudo la excelencia en el proceso.
Glorifica la mediocridad y ataca la distinción. Su mantra: “Ser diferente es indecente”. Confunde la igualdad de derechos con la igualdad de competencia, despreciando la pericia en el gobierno, el arte y el pensamiento. El especialista (científico, técnico) se convierte en ejemplo principal—amo de un fragmento minúsculo, ignorante del conjunto, pero arrogante y opinante en todo.
La Verdadera Nobleza es su antítesis. Se gana, no se hereda. Reside en la autodisciplina impuesta, el servicio a ideales trascendentes y la voluntad permanente de autosuperación. El hombre noble duda y se esfuerza; el hombre-masa es complaciente y autosatisfecho.
La paradoja de la Democracia Liberal: El orden liberal del siglo XIX (progreso técnico, derechos abundantes) creó las condiciones para el florecimiento humano pero también desató al hombre-masa que ahora amenaza con desmantelarlo desde dentro. Al abolir el privilegio formal, erosionó accidentalmente el respeto por la excelencia informal necesaria para liderar.
La historia no es progreso automático. Tiembla de indeterminación. La regresión es tan posible como el avance. Estamos en una encrucijada: o la “rebelión de las masas” conduce a una nueva edad oscura de vulgaridad homogeneizada y sin alma (como la Roma tardía), o es corregida por el resurgir de “minorías excelentes” que proporcionen visión y liderazgo.
Nuestra única salida es la Razón Histórica. Debemos rechazar la fantasía cartesiana de que la lógica pura puede gobernar los asuntos humanos. Debemos abrazar la razón histórica—comprendiendo que el hombre es su pasado acumulado, su memoria y sus errores. Romper con la historia es volverse un animal. La civilización avanza solo digiriendo su tradición, no rechazándola.
El hombre-masa no es una clase. Es un estado del alma. Y es la crisis definitoria de Occidente.