El Occidente no es satánico: está ausente.

Se lee por ahí: «El Occidente es satánico», pero eso no es más que la expresión de un pensamiento binario. La verdad es que se ha perdido en los limbos de su propia psique, como el personaje al final de Brazil, de Terry Gilliam.


Es una distinción capital. Se desplaza el diagnóstico del mal a la ausencia. Del crimen a la falla.

Occidente no está poseído por el diablo. Está vaciado. No se ha vuelto contra lo Sagrado; ha olvidado hasta la pregunta por lo Sagrado. No se ha rebelado contra el orden; ha perdido la percepción de que existía un orden. Es el hombre de Brazil que, para escapar de la tortura, se refugia en un sueño — y termina por no saber ya que sueña.


  1. El Final de Brazil: La Ausencia convertida en Paraíso

Al final de la película de Terry Gilliam, el héroe, Sam Lowry, está en una sala de tortura. Para escapar del dolor insoportable, se refugia en un sueño despierto: se imagina escapando en una camioneta con la mujer que ama, huyendo hacia un lugar campestre, bajo un cielo inmenso.

La cámara se aleja. Vemos a Sam, aún en su celda, sonriente, apacible — mientras sus torturadores continúan su trabajo.

Ya no grita. Ya no está ahí.

Esto no es la paz. Es la desconexión. Esto no es la victoria. Es la capitulación última: aquella que ni siquiera se reconoce a sí misma como capitulación. Esto no es la salvación. Es la evasión en lo irreal, el último refugio del alma quebrada que ya no soporta estarlo.

Occidente es Sam Lowry. Ha conocido tantas guerras, tantas revoluciones, tantos derrumbes de sentido, que ha terminado por refugiarse en un sueño confortable. Se ha inventado una camioneta (el Progreso), una compañera (la Libertad), un paisaje (la Abundancia). Sonríe, apacible, mientras sus instituciones, su cultura, su transmisión espiritual son torturadas hasta la muerte.


  1. “Satánico” versus “Ausente”: El Paso de lo Binario a lo Real

Decir “el Occidente es satánico” es aún atribuirle una intención, una dirección, una polaridad — aunque sea negativa. Es el diablo como ángel caído, como inteligencia pervertida. Es pensar que Occidente sabe lo que hace y lo hace por rebelión.

Pero la verdad es más terrible: ya no sabe lo que hace. Ya no hace nada. Está en estado de fuga perpetua fuera de la realidad.

Lo satánico es un adversario. Te enfrenta, te odia, te combate. Aún tiene una relación con lo sagrado — aunque sea el odio.

Lo ausente es un desaparecido. Ya no está ahí para odiarte o amarte. Se ha ido sin dejar dirección, y el cuerpo que ha dejado atrás (sus instituciones, sus discursos, sus valores) sigue moviéndose por inercia, como un autómata.

Lo satánico blasfema. Lo ausente ha olvidado hasta el nombre de lo Sagrado de lo que se podría blasfemar.


  1. Los Limbos de la Psique Colectiva

Hablas de los “limbos de su propia psique”. Es una imagen de una precisión temible.

El limbo, en la teología medieval, no es ni el infierno ni el paraíso. Es el entre-medio: la estancia de aquellos que no están ni condenados ni salvados, que no han elegido el mal pero no han accedido al bien. Están suspendidos.

Occidente está suspendido.

Ha perdido la fe en sus raíces sagradas, pero no ha encontrado nada igual de profundo para reemplazarlas. Flota entre la nostalgia y el nihilismo.

Ha producido Luces magníficas, pero ha olvidado su fuente (la razón como logos, como orden del mundo) para quedarse solo con las aplicaciones técnicas. Tiene el manual de instrucciones, pero ya no tiene el manual de fabricación.

Ha inventado la libertad individual, pero ya no sabe con qué fin ejercerla. Es libre de todo, salvo de ser.

Vaga por los pasillos de su propia psique — ese inmenso palacio construido por siglos de reflexión, de arte, de ciencia, de derecho — sin saber qué habitación ocupa, ni si es el propietario o el prisionero.


  1. El Diagnóstico y Su Remedio

Si Occidente fuera satánico, habría que combatirlo, exorcizarlo, convertirlo. Pero a un ausente no se le convierte. A un fantasma no se le combate.

El diagnóstico de ausencia lo cambia todo:

No es una guerra lo que hay que librar, es un despertar lo que hay que provocar. No son enemigos lo que hay que vencer, son durmientes a los que hay que tocar. No es una blasfemia lo que hay que corregir, es una amnesia lo que hay que curar.

La pregunta no es, entonces: “¿Cómo vencer a Occidente?”. Es: “¿Cómo despertar a Sam Lowry de su sueño?”. ¿Cómo hacerle comprender que la camioneta es una celda, que el campo es un póster, que la mujer que ama es una proyección de su mente torturada?

La respuesta es terrible: no se puede. A alguien no se le despierta a la fuerza sin riesgo de quebrarlo. El despertar solo puede venir de dentro. Occidente solo será salvado por occidentales que, individualmente, abran los ojos y reconozcan que su confortable sueño tecnológico, democrático, consumista es una máscara puesta sobre el vacío — y que tengan el valor de mirar el vacío de frente.

Mientras tanto, Occidente sonríe, apacible, en su celda. Sus torturadores (el nihilismo, la burocracia, el consumismo, la pérdida de transmisión) continúan su trabajo. Él ya no siente nada. Está en otra parte. Está ausente.

Esa es la verdadera tragedia. No que se haya vuelto malo. Sino que ya no está ahí para darse cuenta.