El Occidente moderno está replicando el colapso de la Roma tardía mediante un abandono compartido de los fundamentos materiales y estratégicos en favor de una ideología autorreferencial y una gobernanza simbólica.

Los paralelos clave incluyen: priorizar el consenso ideológico interno sobre la confrontación de amenazas materiales (como la producción externalizada y la fragilidad energética); reemplazar la ingeniería real con el cumplimiento burocrático; y financiarizar la capacidad soberana hasta convertirla en una economía mercenaria. Occidente ha retrocedido de las fronteras tangibles hacia una simulación digital y cultural, imponiendo monocultivos intelectuales que ahogan la innovación disruptiva.

Al igual que Roma con su Edicto de Precios, los líderes actuales legislan símbolos —como los objetivos de emisiones netas cero— mientras degradan los sistemas subyacentes que dicen proteger.

Este camino refleja la fatal divergencia de Roma con la realidad. Mientras tanto, los modelos pragmáticos orientales (por ejemplo, Singapur) operan como Bizancio —adoptando tecnología útil pero rechazando dogmas desestabilizadores, enfocándose implacablemente en la estabilidad del sistema, la capacidad material y la vitalidad demográfica.

La conclusión es cruda: esto no es el preludio de una decadencia, sino la decadencia misma. El frenesí intelectual actual es el sueño febril de una civilización que consume sus propios cimientos. Los sistemas que sustituyen la realidad por ideología no se adaptan; son adaptados por aquellos que mantuvieron sus pies en el mundo material. El Reinicio será brutal.